Un estudio en ratones vincula recuerdos olfativos de la infancia con neuronas nacidas al inicio de la vida

Un trabajo en PLOS Biology sugiere que ciertos recuerdos olfativos formados en la infancia dependen de neuronas nacidas cerca del nacimiento y de cambios duraderos en redes cerebrales.

Por Redacción Ciencias.UY 16 de julio de 2026 a las 04:45 5 min de lectura
Imagen: journals.plos.org Imagen acompañante del artículo fuente; atribución preservada Fuente de imagen
Esquema del estudio con ratones y circuitos cerebrales implicados en la formación y persistencia de recuerdos olfativos tempranos.

Hay olores que parecen abrir una puerta directa a la infancia. Un estudio publicado en PLOS Biology propone ahora una explicación biológica concreta para parte de ese efecto: en ratones, ciertos recuerdos olfativos formados muy temprano en la vida dependen de neuronas nacidas cerca del nacimiento y pueden seguir influyendo mucho tiempo después, aunque los circuitos que sostienen ese recuerdo cambien con la edad.

La pregunta no es trivial. Desde hace años se sabe que los olores suelen disparar recuerdos autobiográficos especialmente tempranos y cargados de emoción. Para acercarse a ese fenómeno, el equipo combinó primero una encuesta en humanos sobre recuerdos asociados al olfato y luego diseñó un modelo experimental en ratones. La idea era reproducir una situación simple: exponer a los animales, durante una etapa equivalente a la infancia, a un olor agradable dentro de un contexto positivo y repetido de juego.

Después siguieron qué pasaba cuando esos animales crecían. En la adultez temprana, los ratones mostraban preferencia por el olor conocido, como si esa experiencia temprana hubiera dejado una marca estable. Pero el trabajo no se quedó en la conducta. Los investigadores marcaron neuronas generadas alrededor del nacimiento, estudiaron cómo se integraban en el bulbo olfatorio y luego silenciaron de forma selectiva una parte de esas células para probar si eran necesarias en la evocación del recuerdo.

El resultado central fue que sí lo eran. Cuando se inhibieron esas neuronas, llamadas células granulares nacidas en el período neonatal, la preferencia por el olor desapareció. Eso sugiere que no se trataba solo de una familiaridad vaga con el estímulo, sino de una huella específica apoyada en una población neuronal concreta. Al mismo tiempo, el análisis de actividad cerebral indicó que en la adultez temprana el recuerdo se asociaba con conexiones funcionales más fuertes entre regiones del sistema olfativo y circuitos vinculados con recompensa.

El panorama cambió con la edad. En animales más viejos, la persistencia del recuerdo dependía de que el olor volviera a aparecer a lo largo del tiempo. Además, el estudio encontró que el soporte cerebral dejaba de centrarse tanto en esas neuronas nacidas al inicio de la vida y pasaba a involucrar más regiones límbicas, relacionadas con memoria y emoción. En otras palabras, el recuerdo podía mantenerse, pero el cerebro parecía reorganizar la manera de sostenerlo.

Ese punto importa porque muestra que un recuerdo temprano no tiene por qué quedarse “guardado” siempre en el mismo lugar o del mismo modo. Más bien, puede apoyarse primero en un tipo particular de neuronas y después redistribuirse en redes más amplias. Para la neurociencia, eso ayuda a entender cómo experiencias sensoriales muy precoces pueden conservar relevancia emocional durante años sin que el sistema permanezca estático.

También ofrece una pista sobre por qué el olfato ocupa un lugar especial en la memoria. A diferencia de otros sentidos, sus vías tienen conexiones particularmente directas con regiones cerebrales ligadas a emoción y recuerdo. El nuevo trabajo no demuestra que el mecanismo sea idéntico en personas, pero sí aporta un modelo plausible de cómo una experiencia olorosa repetida y positiva al comienzo de la vida puede dejar una señal duradera.

Conviene, de todos modos, no estirar la conclusión más de la cuenta. La parte experimental se hizo en ratones y en condiciones controladas, con un tipo específico de olor y una situación artificialmente diseñada. Además, que un animal muestre preferencia por un olor no equivale a la riqueza de un recuerdo autobiográfico humano. La encuesta inicial ayuda a tender un puente con nuestra experiencia, pero no reemplaza estudios directos sobre memoria olfativa en personas.

Aún con esos límites, el trabajo aporta algo valioso: sugiere que los recuerdos más tempranos ligados al olfato no son solo una curiosidad psicológica, sino que pueden estar anclados en células y circuitos concretos del cerebro en desarrollo. Entender cómo se forman y cambian esas huellas podría ayudar a explicar mejor por qué algunas experiencias sensoriales de la infancia conservan un peso desproporcionado mucho después de haber ocurrido.

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Cita original

Dejou, J., Athanassi, A., Brunel, T., Thevenet, M., Didier, A., & Mandairon, N. (2026). Positive early-life olfactory memory is rooted in the olfactory bulb and triggers large-scale changes beyond the olfactory system. PLOS Biology, 24(7), e3003845. https://doi.org/10.1371/journal.pbio.3003845

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